sábado, 28 de mayo de 2011

Naturaleza militar

Ella aprendió a respirar tan fuerte como los árboles. Su corazón ya no daba sombra.
Pasaba las páginas de libros llenos de brigadistas rusos. Le emocionaban los uniformes.

Una vez tuvo un pensamiento hermoso. Lo sirvió para la cena. Encendió velas y abrió una botella de vino. Me vinieron a la cabeza grandes palabras. No las pronuncié.

Desfilamos para luego romper filas. Yo, a un lado. Tú, simulando fusilarme. Caigo. Me has dado. No, no sirve. Otra toma. Y otra.

Los paracaidistas caen del cielo. No ha llovido en años. Ahora toman la tierra y patrocinan el misterio. Lo venden al alza. Se ha quedado rota la playa. La recomponen. Luego saltan. Los devuelven al cielo. Llueven al revés. Les decimos adiós con la mano y nuestros agujeros se unen, emocionados, al desconcierto.

viernes, 20 de mayo de 2011

Rough day at the Orifice

La grapadora me atacó
Provocando heridas en acné y cuero cabelludo
La fotocopia empezó a escupir fotos de gordas en traje de baño
Leopardo y vinilo
Texturas nada naturales pero nada hidrosolubles
Mi silla giró 360 grados hasta conducirme al rostro extasiado
Del operario de control
Que en ese momento hacía que dos aviones se dieran un beso en pleno vuelo
Y también el fax y la máquina expendedora de chicles y el secador del baño
Todo en plan maximum overdrive
Se dedicaron a funcionar con un ritmo monótono, tribal, mayestático
Y tremendamente post-avantgarde
Pepa dijo: creo que tenemos un problema en nuestras feromonas
Y se lanzó contra el cristal
Carolina dijo: creo que voy a volver a estudiar
Y clavó el puntero de su pda en su ojo derecho
Pablito dijo: he encontrado un glitch debajo de mi lengua
Y ME LANZO SU SANDWICH A MI CABEZA
¡Repoblación en el sector 1!
Todos los Nerds y todos los noobs bailan al ritmo de ANTOFAGASTA
Nadando con una erección en Viernes, y otras baladas
Mientras alguien encuentra una nómina en la boca
Del operario exiliado dentro de la salita de café
UNA MÁS Y NO MÁS
Somos redirigidos y los antecedentes se adelantan
Tengo un plus para volar en tu email
Tengo doscientos métodos distintos de encender la trituradora
Una es utilizando tu lengua como palanca
Otra es dándole golpes a la limpiadora
Hasta que saque su fregona fuera del país
FOTOS DE UNA COCINA NUEVA EN EL IPHONE DE JUAN
Una masa informe de carne y spam se avalanza
Nos arrojamos delante de su escritorio
Suplicando y rogando
UNA MIRADITA MÁS, UNA MIRADITA MÁS
Pero se encoge y desiste
Tira del pelo a Marta
Hasta que escupe la transferencia al suelo
Ya tiene hueco en las encías para preguntar:
¿Alguien sabe dónde está mi puta grapadora?
NO FUNCIONABA
Grita Pablito, mientras la arranca de mi cabeza
ANTES UN SANDWICH Y AHORA ESTO
¡Medida disciplinar, por Dios, Inspección del Jefe Regional YA!!!
I never thought I would say those words

Rites of passage

Parece más fácil salir que entrar. Es un agujero minúsculo. Algo por lo que merece la pena convertirse en aguja.

Aparentas mucha más edad.

El viejo silbó la canción que creía olvidada. Le dio aire y labios agrietados. Sonó dulce.

Parece más fácil salir que entrar, dijiste.

No señalaste ningún sitio en particular.

domingo, 10 de abril de 2011

Departamento (Spleen II)

Los cadáveres se apilan en la sala de juntas. La máquina de café no funciona y todos rompen a llorar. Hay una pobre mujer que ha llamado setenta veces hoy a atención al usuario. No sabe que toda la plantilla del departamento se está pudriendo en la sala de control de calidad.
Y todos saben. Y todos huyen. Y todos aparcan. Y todos fuman. Y algunos me hablan.
Hoy, un 91%. ¿Y tú?
Miro a otro lado. El fax hace un ruido interesante.
La tarde se presenta perenne con leves apuntes de barniz caoba en su parte septentrional. Los microondas del comedor común desprenden un olor indescriptible. El mobiliario funcional y gris es fregado por una mujer mayor y gorda vestida con un horrible uniforme verde hospital. Se diría que la suciedad en este edificio es una enfermedad. Los colores también lo son. Todos vestimos de negro o de gris o de marrón o de azul oscuro o de todos estos colores combinados con preciso gusto.
A las seis y veintitrés de la tarde la luz cae perfectamente horizontal en el campo de futbito que se encuentra justo al lado de la estación de metro de Fuencarral. Si el cielo es claro, es 28 de Febrero del 2008 y acabas de salir del trabajo, el espectáculo es perturbador. Los árboles plantados por funcionarios del ayuntamiento asemejan bosques románticos y los edificios brillan de manera fulgurante. Hay silencio, el viento mece las ramas, y piensas en escribir una oda a un pedazo de hormigón en el que nadie juega al fútbol, cementerio de rodillas sangrantes, altavoz de goles infantiles, vertedero de las miradas de trabajadores modernos en temporada baja.

Spleen

Tengo un cepillo Colgate Clásico Medio 360 grados. Es el mejor cepillo que jamás haya tenido. Tiene filamentos interdentales y punta limpiadora, así como limpiador de lengua y mejilla, lo cual ayuda a eliminar las bacterias que causan el mal aliento. Además sus puntas abrillantadoras eliminan delicadamente las manchas de mis dientes. Trae incorporada una tapa transparente para tapar el cepillo. Su diseño es atractivo y se acomoda fácilmente a mis dedos y a mi boca.
Mi pasta dentrífica preferida es Sensodyne Pro-Esmalte. Lo fabrica la gigante farmacéutica Glaxo Smith Kline. Tiene un agradable sabor a menta y desde que la uso mi sensibilidad dental ha disminuido ostensiblemente. Con el uso continuado de esta pasta consigo reducir los efectos de erosión dental que me producen los ácidos de las comidas.
Una vez he depositado la dosis justa de pasta dentrífica Sensodyne Pro-Esmalte en mi cepillo Colgate Clásico Medio 360 grados, procedo a mi diario cepillado matinal.
Primero, inclino mi cepillo unos 45 grados contra los dientes y deslizo el cepillo hacia afuera de las encías. Después, cepillo cuidadosamente la parte de afuera, de adentro y la superficie con la que mastico de cada diente, usando brochazos de ida y vuelta. Limpio la superficie externa de los dientes superiores, luego los inferiores, y sigo con la superficie interna de los dientes superiores e inferiores. Limpio la parte de los dientes con la que mastico. También cepillo mi lengua y la cara interna de mis mejillas, para asegurarme un aliento fresco y duradero.
No tardo más de dos minutos en cepillarme los dientes. Un menor intervalo de tiempo reduciría la eficacia del cepillado y un excesivo cepillado debilitaría el esmalte de mis dientes, haciendo que la encía se baje dejando al descubierto parte de la raíz del diente, provocando una alta sensibilidad dental ante comidas ácidas o bebidas demasiado frías.
Mientras cepillo mis dientes, cada mañana, observo la hilera de botes de colonia, tarritos y cremas que descansan en la parte inferior del espejo en el cual me observo ocasionalmente. Son de distintos tamaños, formas y colores. Mi vista se desliza de izquierda a derecha sobre todos estos tarros y botes, dándole a mi cepillado matinal un agradable paisaje en el cual perderse mientras me someto a la imprescindible rutina diaria de la higiene personal.

domingo, 13 de marzo de 2011

Teoría feminista de la imagen




Al director Robert Iannakis se le ocurrió la siguiente idea: rodar una película enteramente con actores porno. En el film no habría ni una sola escena de sexo. Es más, sería una película intimista, centrada en la soledad, la depresión y la incomunicación. Todos los actores y actrices a los que les propuso la idea aceptaron en el acto; todos estaban deseosos de demostrar sus virtudes como auténticos intérpretes y escapar de la tediosa rutina del cine porno.
Robert Iannakis era un director norteamericano que empezaba a despuntar en la escena independiente con dos películas en su haber: Caligrafía e Indemne, ambas rodadas con un bajo presupuesto y premiadas en varios festivales con excelentes críticas. No tuvo problemas a la hora de conseguir productores y subvenciones. Todos esperaban lo mejor de él.
El protagonista de la película sería Rambo Tamolta, un actor italo-americano que en apenas dos años, y con cerca ya de cien películas en su haber, empezaba a hacerse un nombre en la escena porno. En sus películas siempre mostraba una especial sensibilidad en las raras ocasiones en las que tenía que interpretar algo parecido a un papel: un fontanero que acudía a un domicilio a reparar una avería, un veraneante de ligue en una discoteca, un dependiente de tienda de moda que se encierra en los probadores con sus clientas. En todos esos papeles Rambo Tamolta demostraba una elegancia y una profundidad que era contrarrestada de inmediato con sus escenas de sexo, salvajes y mecánicas a la vez.
En el primer día de rodaje Robert eligió comenzar con una escena melodramática y triste: Rambo, en el papel de Alejandro, hijo pródigo, tenía que visitar a su madre enferma de alzheimer en una residencia. Su madre, en un principio, no le reconocería, y procedería a ignorarle de forma sistemática. Después de varios intentos por parte de Rambo de entablar una conversación su madre entraría en fase de cólera y le gritaría que se fuera de la habitación. Al girarse Alejandro-Rambo hacia la puerta la madre recordaría por un momento que aquella persona era su hijo, y correría a abrazarle por la espalda. Después ambos se sentarían en la cama y hablarían durante largo rato, intentando Rambo con tierna desesperación que el momento de lucidez de su madre no desapareciese súbitamente. Todo estaba yendo tal y como habían planeado, el rostro de Rambo reflejaba convenientemente el dolor y la confusión que le producían la visión de una persona tan querida en tal deplorable estado para después iluminarse tras el momento de reconocimiento y lucidez. Fue precisamente en esa conversación en la cama cuando algo empezó a ir mal. Su madre le hablaba del caballo que montaba cuando era joven, en un idílico paraje provenzal en el que había pasado su infancia y adolescencia, un coqueto pueblecito en la Provenza italiana. Bien, Rambo se levantó de la cama y se sacó la polla. Empezó a masturbarse delante del rostro alucinado de su madre. Robert indicó al cámara, que se había girado inmediatamente hacia él, que no parase de rodar. Su madre, una veterana actriz con muchas tablas en teatro, siguió hablando mientras Rambo seguía atentamente su narración, de pie, con su verga de 23 centímetros en plena acción. El caballo era muy bonito, seguía contando su madre, correteaba por los prados y ella era feliz porque no tenía miedo de caerse, sentía que nada malo podía pasarle encima de su precioso caballo. La escena terminó cuando Rambo eyaculó encima de las flores que le había traído a su madre, mientras esta miraba melancólicamente hacia la ventana, sus ojos cuajados en lágrimas fundiéndose con el perfil de su musculoso hijo postrado contra la mesita de noche.
Solo entonces Robert Iannakis gritó “corten”. Los escasos miembros del equipo de rodaje se miraron entre sí, sin saber qué hacer ni qué decir, mientras la chica encargada de continuidad se acercaba a un cariacotencido Rambo y gritaba a Robert: “¿y ahora qué?”.
Su madre se largó a los camerinos sin mediar palabra. Robert meditaba también en silencio apostado en su silla de director, mientras Rambo se subía los pantalones y se acercaba hacia él, su rostro la viva imagen del arrepentimiento.
- Lo siento, fue lo único que dijo cuando llegó a su lado.
- No pasa nada, tan sólo has hecho lo que mejor sabes hacer.
- No sé cómo ha podido pasar, quizás sea la costumbre, o quizás la actuación de ella ha sido tan buena que me he excitado.
- Puede ser, en cualquier caso no te preocupes, hemos seguido grabando
- ¿Cómo? ¿No has dejado de rodar? -Robert dice que no con la cabeza.- Supongo que la eliminarás de inmediato
- Por supuesto que no. Es la mejor escena que he rodado en toda mi vida, ¿por qué habría de hacerlo?
Los demás miembros del equipo lo miraban perplejos, para después pasar a mirarse entre sí, intentando dilucidar si se había vuelto loco o si, en cambio, todo aquello no era más que una broma. ¿Les estaba gastando una novatada? ¿Iba a utilizar de verdad para la película aquella escena?
- Quiero que borres la escena, dijo entonces Rambo en un tono francamente amenazante.
- No la voy a borrar, dijo Robert con una sonrisa.
A Rambo le impresionó aquella respuesta serena y sonriente más que una patada en los cojones.
De hecho, se zarandeó, algo KO, durante unos segundos, en los que pareció meditar otra vía.
- Bueno, no es tan sólo por mí- musitó dubitativo-; es por ella. Estoy seguro de que no va a permitir que la escena se utilice en la película.
- ¿Ella? No te preocupes por ella: tiene alzheimer. Dentro de cinco minutos no recordará absolutamente nada de esto.

sábado, 12 de febrero de 2011

Posibilidades

Ahora no puedo hablar, pero lo haré más tarde, sí, cuando todos estos se vayan, cuando desaparezcan las tridas, cuando la presión se afloje, cuando la cuerda me deje respirar por unos segundos, entonces hablaré, sí, pero por ahora déjame que te cuente, en este suspiro que muere, todo lo que nunca podría decir, ahora, en estos términos, calculado sin, apreciado sin, dislocado aparentemente, condenado a muerte al parecer, al parecer abandonado, en manos de otros abandonado, sin remisión abandonado, nada que pueda decir se solidificará delante de mí, y quizás esta nada sea la que no quiera, y quizás no importe demasiado lo que yo pueda o no querer cuando a nadie le importa lo que yo pueda o no quiera cuando la verdad es que no puedo, ninguna de las dos cosas, ni lo que quiero ni lo que no quiero, y al final esto es lo únicamente importante.

Ahora no puedo hablar pero, escucha esto que te estoy diciendo, tendrás que escucharlo de todas maneras, aunque nunca quisieras escucharlo, lo harás, aunque sea imposible, aunque no sienta la lengua ni sepa dónde queda mi bano, lo estás sabiendo, en el preciso momento en que lo estoy pensando, lo estás escuchando, y no hay nada ya que yo pueda hacer a este respecto más que decirlo, aunque sepa que nunca será escuchado, hay que decirlo, aunque sepa que nunca será dicho del todo, así quedará mi intento, sin chuparse el dedo pero mirando a otro lado, nunca mi lado, sino el lado de los otros, aquellos que pronto marcharán, y la cuerda, y los azperetes, y el poste al que estoy atado, y que es lo único que me mantiene vivo, de todas maneras vivo, a pesar de ellos vivo, vivo para no hacer más que esto, que al final no importará demasiado, pero eso queda demasiado lejos de nosotros, aún vivos y aún demasiados.

Si me muevo me quiebro, y si no me muevo quedo inmóvil, y hay dolor de todas maneras, en todas las posiciones hay dolor y el dolor es lo que me mantiene pensando, demasiados pensamientos para tan pocas acciones, y es apenas mover un dedo y morir pensando, es apenas pensar en mover un dedo y el dolor se adelanta a mi propio pensamiento, dejándome inmóvil, soñando con enseñarles mi dedo índice a todos esos que nunca marchan, que nunca se marchan del todo, que nunca empiezan a largarse del todo, quizás le divierte el espectáculo de observarme mientras espero a que se larguen para empezar a marcharme yo también, nunca al mismo sitio al que ellos marchan, ese sitio que desconozco pero que se abre fuera, porque ni siquiera sé dónde guarecemos, aunque ellos lo sepan no sirve, por eso necesito que se marchen, que se trilen, para sentir que hay otros sitios, otros sitios fuera de aquí, una puerta por la que salir de aquí, aunque nada de esto significará nada si realmente no hay nada más que aire en el exterior, y esto no es lo que espero, lo que espero es la caída, espero el viaje, espero siquiera llegar al suelo para poder roer la cuerda con mis propios dientes, si es que acaso me quedan dientes, si es que acaso puedo abrir esta boca por la que, por el momento, no salen palabras, solo un líquido verde que se parece demasiado a un brillo.

Murieron todos, fue la muerte llevándoselos, uno a uno, fue una muerte colectiva, la muerte fue contagiosa, una plaga, y eso lo hizo más llevadero, familiar, fue un nuevo miembro de la familia, nos acostumbramos a su querencia a despertar por la noche y caminar por los pasillos de nuestra casa, no pedía sopa a la hora de la cena, no molestaba demasiado, fui prefiriéndole a las viejas hermanas de mamá, a los amigos tozuños de papá, a los vecinos que aparecían pegados a las paredes de la cocina cada mañana, rumiando brasas, evangelizando su hambre, siempre insinuando que guardábamos más, que guardábamos más dios sabe dónde, que guardábamos más en algún sitio que habíamos olvidado, que buscáramos, que siguiéramos buscando nos rogaban, busca niño busca, decían cuando mamá se ausentaba, y me pellizcaban en las nalgas y me azuzaban como un perro y veía sus bocas abiertas, ruinosas y sin dientes, y es ahora lo que veo cuando pienso en agua.

Otra vez sumido en mis brazos el peso de un hombre que un día quiso saber lo que mi cuerpo encerraba, y yo decía, no hay nada, no hay nada señor, ignorando que era igual que los vecinos, desconociendo el significado de la palabra nada, absolutamente nada señor, decía yo, sin saber que era precisamente eso lo que buscaba, equivocados los dos como Braulio y Zuni, cuando marcharon al río y regresaron enteros, sin desnudarse aún, atrofiados de besos, practicantes de una nueva filosofía, un extraña ablufia, adoctrinados en el quererse sin tocarse, pensaban que habían hecho caso al diablo, que estafaban al gobierno, que habían matado a todas las viejas del pueblo, entre ellas mi pobre abuela, que murió precisamente aquella noche, infestada de velas y rosarios púrpuras, la única que lloró cuando le conté lo del señor, la única que no hizo más que llorar, la única que no sostuvo extranjeras teorías acerca del no, del nada, del señor pronunciados, como si fuese yo el que hubiese llamado al diablo, como si yo golpease en su puerta todos los días y por eso había terminado acudiendo, y quizás por eso fui yo el único que lloró a la única que lloró por mí alguna vez, y si ahora no lloro al recordarlo es porque no queda ni una sola gota en estas venas que veo abiertas, desmayándose en mis brazos, estos mismos que acunaron alguna esperanza alguna vez de que Braulio fuera yo y fuera Zuni la que se apoyara en mis andamios.

Quien quisiera entrar en mi edad ya no existe, o al menos eso dijeron quiénes me convencieron de que no pasó nada, y yo les creí como se cree en la madrugada, queriendo creer que es para siempre, que no volverá, que nunca vuelve de la misma manera, que nada sucedió y por ello nunca volverá a suceder, que no se puede saber del alba como de las misas, esas infinitas que saben a polvo y a niños pateando el encerado, las mismas que me dejaron rezando porque no volviera, no el señor, sino mis palabras mal pronunciadas, mi constricción abstrusa, o algo así dijeron aquellos que me convencieron de que ni siquiera yo existí, de que aquellos minutos no acontecieron más que en la imaginación de un pobre niño malnutrido y malostiado, pendiente siempre de tretas y jugando siempre al fresno todas las tardes, y todas las tardes de mi vida me imaginan así, golpeándome solo, hablándole solo a las paredes, inventando argucias y deformando la muerte hasta que me habla de tú a tú, como si yo quisiera alcanzar, yo solito, tal grado de enemistad con la luz y las alegrías.

Una pedrada en la cabeza no duele igual, eso ya me lo dijo el profesor delante de todos mis compañeros, queriendo explicar que todos los libros eran distintos y era yo el que solo veía uno, ya leí ese libro, decía yo, todo el tiempo, esperando una risa atrás que me arropase, esperando una colleja delante que me esterilizase, no equivoques al resto, parecía decir su gesto violento que sabía a arcilla mal prensada, su adusto pronunciar las sílabas como si el lenguaje fuera otro dios ante el que arrodillarse y pedir perdón, todo el tiempo, el mismo libro, todo el tiempo, el mismo dios, todo el tiempo, la misma piedra, todo el tiempo, y millones de dolores distintos.

Pero ahora ya no tan niño, ahora ya animal mamífero vertebrado plagado de orificios, habitante de razones y poseedor de primeras certezas que no sirven, por eso vuelven los niños, incluso aquel que no fui, para darme la mano y hacer que se abran los pliegues, amaniatados poros que conozco: un tórax y dos molinos por ojos, húmeros y tibias pares, todo crece y arruga hacia dentro al no encontrar tierra ni cielo sobre el que bascularse, pobrecito de mí, efecto de conspiraciones mundiales, hijo de otro hijo y así hasta el final, nuevo hombrecillo sin pedales, qué podrán hacer de mí ahora que recuerdo que alguna vez fui niño y siquiera aquello les importó, hazme un hijo para poder decírselo, decirle que huya de aquí, que encuentre un infierno mejor, que abandone a su padre y a sus hermanos y que invente otro país como yo una vez creí hacer.

Pero todos se fueron, aunque vuelven, y vuelven para quedarse, y ahora ya no tan fuertes, ahora no tan enfebrecidos, callan y escuchan, levitan y rezan, hacen flexiones colgados del crucifijo, fortaleciendo sus almas de caballo, sus dientes ennegrecidos, achatados de tanto rumiar cortezas, de tanto salpicar y astillar, esos hombres, los mismos hombres que humillaron dioses, las mismas manos que azotaron cristales, ahora ya no tan salvajes, ahora ya no tan inteligentes, me miran y mi dolor no les sabe a madre, les sabe a huésped, a potro que muere, a zafia inservible, a canalla sin vino ni sangre, y por eso me mienten, lo saben, me mienten, son demasiados para mentirme y aún así lo saben, pero aún no tan sabios, aún no tanto, aún no, aún demasiado pocos para eso.

Pero Braulio sabe dónde estoy y aún así calla, calla a la par que vocea mi nombre, pero mi nombre está prohibido, a mi nombre no le está permitido hendirse, ni tumbarse, ni ceñirse demasiado prieto, mi nombre ya no tiene padre ni oficio, mi nombre ha huido lejos sin dientes, se lamentan todos que finjo, que he fingido, que ha asqueado de pronombres, y el pueblo se hunde, naufraga con ellos, se alimenta de torpes, de malentendidos, de diretes y de dime aquí y ahora, y ahora no sé pero luego talvez, talvez la sarna después, sí, y ahora no pero talvez después recuerde, talvez dentro o fuera, talvez para siempre, por su modestia callan, por su hambre talvez, y otra vez talvez en una olla retorcida hierven sus culpas, las secan a la noche para que no ahuyenten a las bestias que duermen, ellas, que aún levitan sin nombres.

La vasta apariencia de mediocridad, que sin vasos no vierte, no sirve para ahuyentar sus inviernos, pero les llaman, a la hora de la cena les llaman, y ese es el nombre que todos eligen, esa es la cuchara que ciernen, ese es el mandamiento que domina a los milagros y a los santos que no callan, no, ellos nunca faltan a la merienda de pan con vino, atragantados de miserias las devoran por cientos, las recuentan en el patio cuando el párroco se tuerce y predica a los feligreses, que ahora gritan, que ahora danzan, que ahora ríen y cantan, una asamblea de almas que vieron a Dios teniendo una crisis histérica por primera vez.

Nunca he visto el mar, soy un ciego para el mar, no sé lo que es una ola, una marea, y he visto peces pero sus ojos estaban blandos, son como los ojos de esta gente, no reflejan nada, no hablan, se apagan, están apagados, son ojos blandos sus ojos y no son húmedos sus ojos, todo lo que hacen es mirar sin ver, no se escapa ni un solo reflejo de esos ojos blandos, no están vivos esos ojos, podrían sustituir piedras por esos ojos, pero ni siquiera son piedras porque son blandos sus ojos.
El mar es la madre que muere, dice papá cuando está borracho, mamá dice que papá es el mar cuando hay tormenta, yo digo que el mar es el cielo vuelto del revés, y entonces todos callan, la abuela se levanta y saca la última manta del armario, tropieza con la puerta y cae al suelo, pasan quince segundos antes de que alguien se levante y la incorpore.

No creo que vaya a morir, pero sí muero no hay tanta pena, no hay tanto dolor por dejar la vida como debiera ser, siento dolor por lo lejos que estoy aún de la muerte, me equivoco de dirección entonces, yo quisiera estar ya del otro lado, del lado de los afortunados, exiliados en algún exótico paraíso o infierno, hacinados en campos de concentración o en hatillos manchados, os esperaré a todos allí, os haré pagar por todo, pero ahora demasiado cansado, demasiado atado, solo queda el placer de la venganza, la salvación de soñar con la venganza, no hay otra cosa en la que pensar en realidad, interrumpo todos mis sueños por esta utopía que se abre en mi cabeza, jubilosa y llena de todos los colores, me atraviesa con dulzura dotando a mi dolor de un significado trascendente.

Todo el respeto que alguna vez haya podido sentir por la raza humana ha desaparecido. Si muero solo quiero que todos mueran conmigo. Morirán de todos modos. Se irán conmigo. Si muero morirá el mundo entero. No los veré nunca más. Es una bendición si te paras a pensarlo. Todas las cosas que no hice, que aún no he hecho, no son más que trampas que me atan a este dolor que me acerca a la vida. Quiero el dolor que se dirije al otro lado. Cómo elegirlo, cómo hacer para que vaya más rápido. Quiero cinco segundos en vez de diez. Quiero más siempre. Quiero el por favor y no quiero el gracias. Creen que podrán conseguir de mi ahora todo lo que quieran pero es precisamente al contrario: ya no tengo nada que ofrecer.

Ahora pienso de nuevo en el mar, esa trampa, esa otra trampa a la que me mantienen atado. Pienso en la música y en la promesa de unas piernas abiertas. Pienso en Julio y en el sol y en una buena carne bien asada. Aromas de un mundo que nunca existió. Nunca fue Julio, ni siquiera Junio. A veces fue Mayo pero siempre llovía. Ni en Agosto dejé de sentir frío.

Que nadie se merece esta muerte es cierto, pero también es cierto que yo la merezco como cualquier otro. Cualquier otro podría estar en mi lugar y cualquier otro podría estar pensando lo que pienso. Hay una pérdida de identificación, me sumo en el otro, me vuelco en ese otro cualquiera, le transfiero toda mi munición. Haz con ella lo que quieras, a mí nunca me sirvió. Un esfuerzo para mantener la dignidad en estos momentos, dicen, precisamente en estos momentos, cuando pienso que la dignidad no sirvió para nada en ningún momento. Utilizarla ahora sería lo más descabellado del mundo. Dignidad y esperanza, suena algo obsceno. Es tan obsceno que dan ganas de reír. Muere como un hombre, sí, cuando viviste como una bestia. Moriré como una bestia porque eso es lo que siempre he sido: un pedazo de carne que alimentar, a la espera de que algún día sea productivo. Lo que les duele es que me vaya tan pronto, cuando aún apenas empezaba a cuidar de las vacas, cuando aún no he recibido mi primer sueldo en la ciudad, tal y como esperaban. La decepción que sienten por mí suena ahora como un premio. Nunca pensé que sentiría esta dicha: morir siempre estuvo por encima de mis posibilidades.