A la verdad no se llega a través del aburrimiento, ni
siquiera a través de la cultura, ni mucho menos recorriendo las columnas de la
última tendencia literaria. Calles llenas de cool(writer)hunters, buscando en
aquella esquina donde nadie aún ha mirado, extrapolando su mirada provinciana
hacia el Nueva York que ha visto por Google-earth. Apóstrofes, siglas, citas
como reclamo ante el carroñero-nuevo-hombre, postrado ante el fracaso de una
ulterior modernidad, rumia un último hueso creyendo que es carne, creyéndose
afortunado y cierto. Todavía famélicos pero hartos, adocenados en
individualidades que asemejan a cualquier otra, conectados entre sí por los
intestinos y por la arrogancia, no basta el tiempo para hacerles caer o meditar,
porque ya es tarde, porque no hay tiempo, porque estar a la última y nunca
querer ser el último es mucho más que imposible. Mucho mejor la ignorancia a
ser ignorado, piensa este hombre que nunca supo nada y solo recuerda los
títulos y los nombres, nunca las voces, y mucho menos la suya, su voz: aquella
que oculta entre otros ecos que le devuelven lo que en realidad nunca pensó.
¿Dónde estás, entonces? Estás aquí, ahora, y en cualquier otro lugar al mismo
tiempo. Te diluyes. No hay tiempo, recuerda. Tampoco existes. Quizás en otro concepto. Seguramente una imagen.
viernes, 5 de agosto de 2011
Artificiero matinal
Mira ahí. Debajo, sí.
Hay una bomba lapa pegada a tu paladar cada mañana.
Intenta extraerla con cuidado. Ponte guantes. Lee algún libro antes. Dúchate pero no derroches el gel.
Después explota. Deja que despierte a los vecinos. Aparta la pantalla plana, el portátil nuevo, la polaroid. Aparenta entereza. Si te rompes, hazlo en trocitos digeribles, reciclables, biodegradables. Pide un recibo.
Mejor: una factura. Una subvención al Gobierno. ¿Una plaza en el vertedero?. Hay plazas libres. Incluso muerto te venderán. Te pondrán un precio. Te marcarán como a un cerdo, pero no serás tan provechoso como ellos. Ellos sabrán qué hacer contigo. Siempre lo hacen.
Así que mira ahí debajo, pero no lo palpes, no lo toques. Mejor olvídalo. Mejor cómete una galleta.
O una magdalena sin gluten.
Hay una bomba lapa pegada a tu paladar cada mañana.
Intenta extraerla con cuidado. Ponte guantes. Lee algún libro antes. Dúchate pero no derroches el gel.
Después explota. Deja que despierte a los vecinos. Aparta la pantalla plana, el portátil nuevo, la polaroid. Aparenta entereza. Si te rompes, hazlo en trocitos digeribles, reciclables, biodegradables. Pide un recibo.
Mejor: una factura. Una subvención al Gobierno. ¿Una plaza en el vertedero?. Hay plazas libres. Incluso muerto te venderán. Te pondrán un precio. Te marcarán como a un cerdo, pero no serás tan provechoso como ellos. Ellos sabrán qué hacer contigo. Siempre lo hacen.
Así que mira ahí debajo, pero no lo palpes, no lo toques. Mejor olvídalo. Mejor cómete una galleta.
O una magdalena sin gluten.
lunes, 1 de agosto de 2011
Informe anual de desastres atmosféricos
Tres horas para saberte dentro, y después nada. Incipiente
conclusión rezagada por opiniones vinculantes referentes a tu estado emocional
demasiado irritante. Tus huesos. Están. Rompiendo. La máscara. Sálvate antes de
que demasiado tarde se parezca demasiado a cualquier momento anterior al ahora.
Ahora no existe. Tres horas para sabernos incólumes. Tres horas para apaciguar
la bestia, amaestrar el dolor, hacer que coman de tu mano, y tú sin dedos, ni
uñas ni cartílagos. Ni ganas ya de mentirme. Ni fuentes de conocimiento
fiables, ni presupuestos, guárdate en los cajones, en las cajas fuertes,
dóblate como la miseria agazapada de los sábado noche.
Noob
Olvidar a sorbos, imitar hasta la muerte la vida,
hasta que nos venza, hasta que supure remedios que, de nuevo, no sirvan para
absolutamente nada
Ah, las nubes, los triciclos, los pájaros cantores.
Así que era todo eso.
No. No encontrarás amabilidad, planeos dulces, ni siquiera un poco de sangre para completar el cuadro, tan hermético en su cielo abierto.
Pero, ah, las piscinas, los veranos, los amores.
Se saben solos, no los perviertas, se mecen en otras manos, se merecen otros infiernos, no mires más, puede que caigas, puede que comiences a conocerte, y no tienes tantos cables, ya no tantas imágenes, ya ni películas ni canciones, ya solo tú y ni siquiera suicida, ni siquiera valiente, mamá, déjame en la puerta de casa, méceme y leche fría, galletas y cama.
Ah, los abrazos, los besos, la humedad.
Noob.
lunes, 4 de julio de 2011
Desazón al 3 %
Miro los lamparones de mi camisa
Y le hablo a las manchas
Pienso que el día que me respondan
Me haré lavadora
Ella vuelve del gimnasio
Y el dinero mana de su culo
Paso mi tarjeta por su raja
Y se hace caja registradora
Paso mi tiempo con relojes
Y los pongo a punto de ebullición
Cuando arden me retraso
Pronto seré descongelador
Y le hablo a las manchas
Pienso que el día que me respondan
Me haré lavadora
Ella vuelve del gimnasio
Y el dinero mana de su culo
Paso mi tarjeta por su raja
Y se hace caja registradora
Paso mi tiempo con relojes
Y los pongo a punto de ebullición
Cuando arden me retraso
Pronto seré descongelador
miércoles, 22 de junio de 2011
Viernes
Alguien trocea mi brazo en pedazos. Lo hace con la precisión de un ave marina. Otro desordena mis tripas con la voracidad de un felino muerto de hambre. No siento las piernas y siento que alguien intenta sacarme el cerebro por la boca. Saboreo mis sesos. Mis huesos son de un color amarillo enfermo. Les dejo hacer: están necesitados de cariño.
Alguien me viola con un escalpelo oxidado y sucio. De vez en cuando me besa en la boca, y su aliento es húmedo y huele a tabaco y a queso. Intento corresponderle pero siento que he perdido la lengua. Sin lengua tampoco puedo saber si conservo algún diente. Mi boca se ha transformado en algo parecido a mi ano: un agujero infecto que sangra y se retuerce. El principio y el fin se ha transformado en lo mismo: soy un tubo de dos direcciones. Todo puede subir o bajar. Gritaría si conservara intactas las cuerdas vocales. Alguien también se ha encargado de librarse de ellas. Me azotan y me apalean pero no soy capaz de articular ruido alguno. Dirán que soy poco comunicativo. Dirán que seguían golpeando porque no sabían que me estaban haciendo daño. No demostraba suficiente dolor.
Me introducen un tubo de PVC por la boca. En uno de sus extremos hay un trapo empapado en alguna clase de líquido. Intentan ensartarme con él pero se queda atascado en mi estómago. Intento disculparme, soltar alguna lágrima en señal de duelo, pero creo que también me han arrancado los ojos. No protestan. En cambio, sacan el tubo de PVC hacia fuera con una fuerza descomunal. Aplaudiría si conservara mis manos. Veo como todo mi interior se desparrama hacia fuera. Me libran de todos mis órganos, esos tan inservibles. El trapo empapado se ha encargado de quedarse adherido a las paredes de mi estómago: al tirar hacia fuera el tubo han conseguido despegar todo mi aparato digestivo superior. Como si se tratara de un cartel en una pared. Un cartel de un concierto que ya ha pasado. Soy un cartel fuera de fecha. Nadie asistió al concierto, de todos modos.
Echan mis pedazos en un cubo. Me acumulo, poco a poco. Hago un ruido desagradable. Goteo. Alguien se encarga de serrar mis huesos. Soy grande, un bulto, difícil de manejar. Necesitan reducirme a algo más pequeño que un nanocircuito. Tengo que ser ergonómico, fácilmente rastreable, intuible. Tengo que revalorizarme. Transformarme en algo nuevo. Eliminar las partes superfluas. Dejar de manchar de sangre el parquet, las alfombras, las paredes de color crema de esta habitación. Tengo que aprender a optimizar todos mis recursos. Volverme maleable, multitareas, digno de admiración. Tengo que ser imprescindible. Pero todas mis venas y arterias, tan molestas, esta medusa rosa que golpea en mis costillas que suena como alguien golpeando en mi puerta, cada noche, cada noche golpean en mi puerta y no es otro que mi corazón diciendo que ya no quiere estar aquí, quejándose por el poco espacio, la habitación insalubre en la que se asientan sus pobres hijos, el poco sueldo y la nula aceptación que sufre entre todos sus allegados... Vuelco el cubo y me derramo en el suelo. Veo uno de mis ojos rodando hasta que se detiene en una esquina. Es un bonito ojo de iris azul rodeado de minúsculas venas rosáceas que serpentean. Me veo desde una perspectiva nunca antes comprendida. Eso antes era yo, presiento. Alguien me recoge con una fregona. Me lleva a un lugar cálido y seco en el que no me molestan mis recuerdos. Desde aquí se escucha una canción. Todo queda limpio. Todo refulge y brilla. Todo es correcto. Me fumaría un cigarrillo ahora mismo para celebrarlo, pero no me quedan cigarros, ni labios, ni pulmones. Ni siquiera un cenicero limpio donde descargar toda mi ceniza.
Alguien me viola con un escalpelo oxidado y sucio. De vez en cuando me besa en la boca, y su aliento es húmedo y huele a tabaco y a queso. Intento corresponderle pero siento que he perdido la lengua. Sin lengua tampoco puedo saber si conservo algún diente. Mi boca se ha transformado en algo parecido a mi ano: un agujero infecto que sangra y se retuerce. El principio y el fin se ha transformado en lo mismo: soy un tubo de dos direcciones. Todo puede subir o bajar. Gritaría si conservara intactas las cuerdas vocales. Alguien también se ha encargado de librarse de ellas. Me azotan y me apalean pero no soy capaz de articular ruido alguno. Dirán que soy poco comunicativo. Dirán que seguían golpeando porque no sabían que me estaban haciendo daño. No demostraba suficiente dolor.
Me introducen un tubo de PVC por la boca. En uno de sus extremos hay un trapo empapado en alguna clase de líquido. Intentan ensartarme con él pero se queda atascado en mi estómago. Intento disculparme, soltar alguna lágrima en señal de duelo, pero creo que también me han arrancado los ojos. No protestan. En cambio, sacan el tubo de PVC hacia fuera con una fuerza descomunal. Aplaudiría si conservara mis manos. Veo como todo mi interior se desparrama hacia fuera. Me libran de todos mis órganos, esos tan inservibles. El trapo empapado se ha encargado de quedarse adherido a las paredes de mi estómago: al tirar hacia fuera el tubo han conseguido despegar todo mi aparato digestivo superior. Como si se tratara de un cartel en una pared. Un cartel de un concierto que ya ha pasado. Soy un cartel fuera de fecha. Nadie asistió al concierto, de todos modos.
Echan mis pedazos en un cubo. Me acumulo, poco a poco. Hago un ruido desagradable. Goteo. Alguien se encarga de serrar mis huesos. Soy grande, un bulto, difícil de manejar. Necesitan reducirme a algo más pequeño que un nanocircuito. Tengo que ser ergonómico, fácilmente rastreable, intuible. Tengo que revalorizarme. Transformarme en algo nuevo. Eliminar las partes superfluas. Dejar de manchar de sangre el parquet, las alfombras, las paredes de color crema de esta habitación. Tengo que aprender a optimizar todos mis recursos. Volverme maleable, multitareas, digno de admiración. Tengo que ser imprescindible. Pero todas mis venas y arterias, tan molestas, esta medusa rosa que golpea en mis costillas que suena como alguien golpeando en mi puerta, cada noche, cada noche golpean en mi puerta y no es otro que mi corazón diciendo que ya no quiere estar aquí, quejándose por el poco espacio, la habitación insalubre en la que se asientan sus pobres hijos, el poco sueldo y la nula aceptación que sufre entre todos sus allegados... Vuelco el cubo y me derramo en el suelo. Veo uno de mis ojos rodando hasta que se detiene en una esquina. Es un bonito ojo de iris azul rodeado de minúsculas venas rosáceas que serpentean. Me veo desde una perspectiva nunca antes comprendida. Eso antes era yo, presiento. Alguien me recoge con una fregona. Me lleva a un lugar cálido y seco en el que no me molestan mis recuerdos. Desde aquí se escucha una canción. Todo queda limpio. Todo refulge y brilla. Todo es correcto. Me fumaría un cigarrillo ahora mismo para celebrarlo, pero no me quedan cigarros, ni labios, ni pulmones. Ni siquiera un cenicero limpio donde descargar toda mi ceniza.
jueves, 16 de junio de 2011
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