sábado, 15 de enero de 2011

When mama was moth

Tu parto f Tu parto fue un dulce dolor.
ue un dulce dolor.
Tu parto fue un du Tu parto fue un dulce dolor.
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Tu part Tu parto fue un dulce dolor.
o fue un dulce dol Tu parto fue un dulce dolor.
or. Tu parto fue un dulce dolor.
n dulce dolor.
Tu part Tu parto fue un dulce dolor.












Ahora el bucle se rompe. La pantalla expresa un rostro taciturno, pestañea, lo hace también la imagen, como si retransmitiera desde uno de esos antiguos satélites. Mira más allá de la superficie plana al vacío que se encuentra al otro lado. Asimismo el vacío mira un ordenador abandonado que contiene un rostro. Es entonces cuando las palabras surgen de su boca:

Te imagino en un paisaje blanquecino y gris.
Te imagino dentro de una masa suave y esponjosa, húmeda, indolora y tranquila.
Te imagino respirando con los ojos cerrados, pensando en alguna canción, jugando con tus manos en el aire.
No durante mucho tiempo, luego te olvido, te olvido todo el tiempo, en realidad es todo lo que hago: no paro de olvidarte.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Filloy

"Mire. Cada escritor tiene una moral. Que coincida o no con la generalidad es cosa aparte. Si la vocación es auténtica, cada escritor tiene un compromiso. El principal es consigo mismo: de ser veraz, certero en sus apreciaciones, en sus juicios; leal en su visión del mundo colectivo. Ahora, "escritor comprometido" como lo entienden los hombres de izquierda, es un escritor que está comprometido pura y exclusivamente con la exaltación de sus motivos ideológicos. Yo soy un hombre de izquierda, pero no acólito ni líder, y no tengo por qué constituirme en difusor sistemático de las ideas que profeso. El literato no tiene por qué sujetarse a disciplina o coerción de tal naturaleza. Las ideas se las dejo a los fanáticos, a los políticos, a los sociólogos, que viven y lucran con ellas... "

Juan Filloy

viernes, 1 de octubre de 2010

Imre

"En la vida de un ser humano se produce un instante en que de pronto toma conciencia de sí mismo, y sus energías se liberan; a partir de ese momento podemos contar nuestro tiempo, en ese momento nacemos. La simiente del genio está en todas las personas. Pero no toda persona es capaz de convertir su vida en su propia vida. La verdadera genialidad es la genialidad existencial. Me atrevería a calificar de inútil casi todo el saber que no fuera un saber directo sobre nosotros mismos".


Imre Kertész


martes, 28 de septiembre de 2010

Einsamkeit

Plaza Nokia. Un poema de píxels engarzado en cada edificio, árboles que asemejan columpios y todos los coches que giran tribales alrededor del monolito central: otra celebración. La música la regalan desde cualquier puerta abierta de cualquier tienda-templo. Lo educado es no mirarse durante mucho tiempo. Los sacerdotes caminan de un lado a otro sin prestarse más atención de la debida, por eso Adriana ha dejado de bailar y no tiene otra función que dirigirse a su casa de la Plaza Nokia. Una vez subidos los cuatro tramos de escalera  despliega su ordenador de bolsillo encima de sus rodillas, sentada en el suelo de su habitación. El albino estará detrás de aquella puerta azul, en estado semicomatoso delante de su propio ordenador. Él es diseñador gráfico porque no puede ser otra cosa. No hace más que dibujar sistemas y crear ventanas. Para él la luz artificial es la del sol, él crea sus orígenes de materia y éstas se han convertido en lo único real. Para él Adriana no es más que un personaje que ha creado y que permite que viva en su casa. No le gusta hablar con ella porque sus respuestas no guardarían el guión pactado. Por eso la deja estar en su propia casa, bajo un módico precio y con la única condición de no abrir la boca y no pedirle que abra la suya: es un pacto de ficción compartido.
“¿Quién fue?” pregunta su madre nada más abrir la pantalla. A veces pasaban este tipo de cosas: la última sesión no se cerró debidamente y su madre continúa una conversación de hace varios días que Adriana ya había  olvidado. “No sé quién fue” responde Adriana a la imagen que tiembla en la pantalla. Es un programa pirata, malo, oxidado y los colores se pierden: su madre es apenas un rostro en tonos verdosos y amarillentos.  Adriana eligió el modo VHS y a veces unas grietas blancas parten a su madre en trozos horizontales: la hace aún más real.
“¿Se lo has contado a papá?” prosigue su madre.
“No, mamá, cuando moriste papá me mandó a un colegio privado interno pero yo me escapé a los pocos meses” responde Adriana con gesto cansado, abrumada por tener que repetir siempre las mismas cosas a una post-madre de 500 terabytes de memoria.
“Yo no estoy muerta, cariño”. El programa estaba diseñado para que su madre nunca estuviese muerta, no tendría sentido entonces la creación de tal máquina. Adriana se resigna a este tipo de errores: los suyos.
“Ya lo sé, mamá, sólo es una forma de hablar”.
“Tienes que mejorar tu lenguaje, Adriana”. Las correcciones maternales eran otro de los puntos flojos del programa: no respetaban ninguna gama de conversación.
“Estábamos hablando de mi violación y no de mi lenguaje, mamá”. Violación. Su madre siempre quedaba muda ante esa palabra. Estaba programada para responder a preguntas de niña de 14 años. Una niña de 14 años nunca debería de haber sido violada, por lo tanto no sabía qué responder ante la palabra violación aunque supiera de su significado. Adriana, por supuesto, seguía siendo nada más que una niña de 14 años, así que ignoraba todos estos detalles informáticos, algo que el albino, un niño de 20 años, podría haberle explicado alguna vez si no le estuviese prohibido abrir la boca.
“Te echo tanto de menos, mamá” “Estoy aquí, contigo, cariño” El rostro de su madre exuda un amor inconmensurable. Adriana se emociona y es tan sólo por estos momentos por los que merece la pena tener que sufrir todos los defectos del programa y de su propia madre.
“Lo sé, mamá, lo sé.  Te siento aquí” Adriana lo siente, sumergida ya en una montaña de rusa que no sabe parar. Pero su madre lo hace: “¿Estás leyendo?” “Tengo el dinero, mamá” ” ¿Has comprado un libro?” ”No, no he comprado ningún libro” “Leer te hace ser mejor persona” ”Hitler leyó mucho de pequeño” ” ¿Dónde has leído eso?” ”En un libro” “¿En qué libro?” “En uno” “¿En qué libro?”
Adriana lanza el portátil contra la pared. Se estrella con un golpe seco y cae al suelo mientras se pliega sobre sí mismo, protegiéndose. Adriana grita. Corre a recoger el portátil. Lo abre. Espera que se encienda. No lo hace.
“¿Has sido tú?” El albino la mira desde la puerta: ojos azules y venas rosáceas que apuntan hacia el iris. Adriana sonríe. “Lo siento. Se ha roto” Levanta el portátil para que lo pueda ver. “¿Lo puedes arreglar?”/ “Olvídalo” “¿Sabes de alguien que…?”/”No” “¿No podrías…?”/ “Basta” “¿Y si…?”/”Para” “¿Por qué no…?”/ ”¡Para!”
El grito del albino la sacude. Se levanta del suelo, se acerca hasta él. El albino está asustado de su propio grito. La observa, su imagen se hace cada vez más nítida, su zoom se amplía hasta que advierte cada uno de los pixels de los que están hechos sus labios.
“Me vas a prestar tu ordenador”/”¿Estás loca?”
Derribarle no fue difícil. Inmovilizarle en el suelo lo fue algo más.
“¿Me vas ayudar ahora?” El albino no puede hablar. Se agita debajo del cuerpo de Adriana. Retuerce su brazo derecho contra su espalda. El albino gira la cabeza hacia los lados, como si quisiera desenroscarla.
“Sé judo. Me lo enseñó mi madre” Adriana retuerce un poco más el brazo hasta que el albino empieza a gemir. Adriana ríe y afloja la presión. “En realidad ella me enseñó todo lo que sé”
El albino cierra los ojos y balbucea. Por un momento Adriana piensa que está rezando, luego desecha esa idea de su mente.
“¿Sabes hablar?” Golpea su cabeza contra el suelo. “Sí”, gimotea la cabeza. “¿Algo más que monosílabos?” El albino se apresura a contestar: “Sí. Quiero decir… sí”. “¿Te necesito?” Agarra un mechón de cabello con los dedos. “¿Sí?” Tira de la cabeza hacia atrás. “¡No!”

sábado, 25 de septiembre de 2010

Budd

Nunca nadie nada
Para todo lo que todos siempre

Si muerdo hasta encontrar dientes
Estaré apoderándome de tu savia
De tus líquenes que utilizas
Para manchar tu ropa imposible

Y si estás desnuda
Qué mejor que los árboles
Para hacerte crecer dentro
Y expulsar de una vez
El cieno, el cielo y los ciegos
Que apalean los objetos que nadie defiende

Estoy sin gas y sin humo
Sin nada que me salve
Salvo el aire y mi pulmón izquierdo
Que empuja a ese dictador rojo y obsceno
Protagonista de historias de efebos
Que nunca jamás volvieron a ser hombres

Y no es tu culpa
Si la tierra no estalla
No es nuestra culpa
Si seguimos a merced de los días
Que atraviesan la profunda solidez de nuestros sueños

Algo alguien alguna vez
Para todo lo que nosotros siempre

domingo, 19 de septiembre de 2010

Ophelia Reprise

Her pale body was covered by air.  Only bracelets decorate their arms.  It lies in a green sheet of recent tints.  The color drips on the scene.  She is white, red its hair, her eyes are closed.  Somebody pray. Others lie otherwise:  they make the sign of the cross.  Somebody silences some step.  Somebody enters the chapel.  All watch.  Nobody cries. There are ring in some mouths.  They close them so that it does not dazzle.  They also close the windows, burn torches.  There are no reflections.  Except for the iris, that shiver.  Some close their eyes.  They feel like and they bend the head.  They wait for the following one.  All the wood banks are now filled.
Of weak constitution, but colossal head, the monk ocupy the center of the scene.  
He soon makes flexions and a pair of pull-ups, hung of the crucifix.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Islö

He cambiado lo necesario para seguir siendo exactamente el mismo. Lo seguiré haciendo. 
Si pienso en caminar se destroza el impulso y caigo en las cunetas, que se frotan las manos, allá abajo. 
Creo que lo estoy haciendo bien.
De nuevo la sensación de haber faltado a clase. De no haber aprendido algo crucial que se agita espasmódicamente y a lo cual soy ciego.
De nuevo la sensación de ahogo, de estirar el cuello para poder respirar y sobresalir por encima de la superficie de mi propio cuerpo.
Una sensación de caída imperceptible pero caída, caída todo el tiempo. Algo sin demasiada importancia: algo necesario. 
La vastedad de los pensamientos uniformiza cualquier sentimiento posible, lo esclaviza y lo devuelve hecho pedazos, destrozado. 
En cada paso hay vidas enteras que resurgen y vuelven a hundirse. No es nada épico ni frívolo, la sensación puede llegar a ser reconfortante: a intervalos.
Aquellos sin un más leve óbice de timidez, aquellos que parecen estar preparados genéticamente para el éxito, aquellos con una respuesta siempre en la boca, ahora todos ellos están dormidos y yo todavía estoy aquí, despierto, observando todo aquello que se les oculta. Esta es mi victoria, algo que ni siquiera puedo celebrar.
Ha amanecido y estoy perdido en algún punto entre la calle Ircë y la plaza Obsö. Inmensamente feliz por un momento, desgraciado hasta el ridículo al instante siguiente. Mi temperamento cambia según la arquitectura de las casas que me rodean. Siento ansias de hablar con la gente que me rodea, es decir, con nadie. Es tan temprano que solo desfilaban coches por las calles, amén de algún que otro operario del ayuntamiento. Huyo de ellos porque sus miradas se parecen demasiado a la mía. ¿Qué verán sus ojos después de barrer incansablemente la misma calle día tras otro? ¿Qué milagros habrán surgido entre la basura, en el espacio entre su escoba y el suelo? Volver a casa, es en todo en lo que puedo pensar en este momento, aunque realmente es una necesidad que no surge de ningún pensamiento: es como si estuviese escrito en la programación de mi cuerpo.